Cuando uno ve a un lisiado desgraciado, esos que se dejaron vencer por la vida y que no mendigan nada, que solo están ahí como bolsas de órganos humanos tirados en la banqueta; el mayor gesto humano que se puede tener es preguntarse sobre la vida espiritual de tal humanidad. Eso se preguntaba el catrín cuando se detuvo unos instantes junto al lisiado tirado a unos metros de la puerta que dividía la primera sala del bar cuyas paredes verdes, iluminación tenue, piso de madera semejaba un paisaje cuasisubterráneo del siglo XIX. Ante todos los bebedores ya se había vuelto invisible aquel indigente, el cantinero algunas veces lo rodaba hacía afuera y regresaba de la misma forma hasta caer la noche y entonces era barrido a la calle como si fuera parte de la basura del día, entonces se arrastraba solitario por la calle hasta posarse debajo de las escaleras de un edificio abandonado donde pasaba lo que restaba de la noche sobre el suelo como una hoja marchita. El catrín en cambio representaba la elegancia en el barrio del olvido como le llamaban todos; un pedazo de tierra para todos los desterrados del mundo; prostitutas, alcohólicos, jugadores. Allí se daban cita todos los negociantes erráticos. El catrín entraba y salía del barrio del olvido ondeando su bastón y con su sombrero de copa a la cabeza como objeto luminoso en medio de la oscuridad. Entraba al bar y era de los únicos clientes a los que se le permitía pasar a la segunda sala, siempre con su estilo impecable. Fue entonces cuando cayó en cuenta del cuerpo del lisiado y que se pregunto sobre la vida espiritual de ese cuerpo, traía en mente el tema de espíritu, recién se había percatado de su presencia en él a través de una frase escuchada No basta tener espíritu. Además hay que tener suficiente espíritu para evitar tener demasiado* fue por eso que el lisiado adquirió visibilidad ante él. Por designios del misterio se encontraron las miradas y surgió entonces el fenómeno humano del cual no se había tenido registro alguno, cosa que no significa que no haya sucedido anteriormente. El cuerpo del catrín empezó a retorcerse como si fuera presa de un ataque epiléptico, como si su cuerpo hubiera estado dormido por mucho tiempo, sin reconocer los movimientos mínimos para sostenerse en cualquier espacio. Al mismo tiempo el lisiado balbuceaba con desesperación, nunca antes había emitido palabra alguna, si hablaba nadie se había percatado, entre babas, gemidos y su rostro trasfigurado semejaba los comienzos de una mutación. La inquietud del catrín había despertado al durmiente espíritu del lisiado, sucediendo una mudanza y ahora usurpaba un cuerpo que no era el suyo, era un huésped que quería adueñarse a toda costa de un cuerpo capaz de movimiento, mientras en los adentros del cuerpo tirado en el piso, un horror indescriptible se vivía. Recién estaba en boga el método de la hipnosis en lejanas tierras, quizá el catrín era un hipnotizador innato sin la conciencia de los alcances de su gran don. Incapaz de domar tal poder mental cayó presa frente al lisiado, otorgándole la mayor dicha; tener una casa para su alma moribunda. Así es como una mente prodigiosa quedo atrapada en un cuerpo desahuciado, sin poder emitir palabra ni gesto, ni elegancia. Con un espíritu cual con el paso del tiempo fue más allá de la desesperación hasta ser olvido de sí mismo, una hoja marchita debajo de las escaleras de un edificio abandonado, musgo viviente del bar carcomido de penas en el barrio del olvido. Lo que era un catrín salio a gatas del bar, huyendo del barrio, enderezándose con los días, transfigurándose con el tiempo en un cuerpo lleno, donde el espíritu también se olvido de sí mismo acostumbrándose al cuerpo.
*André Maurois
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