1850
Iba saliendo cuando llegaron a acaballo, cambiaron de decisión en el camino por una diarrea que le dio al coronel mero el día que yo había decidido salir por la puerta bajo la luz del atardecer. Ese día tenía la idea de que la libertad era eso. Ella se había quedado dormida satisfecha. No me dio tiempo de esconderme cuando del sonido de un galope empecé a escuchar una lluvia de ellos. Me reconocieron de inmediato y fue muy obvio verme salir despeinado acomodándome los botones. Quedé estupefacto, toda la caballería fue a dejarlo a su casa, como si la misión fuera una emboscada, en realidad iban rodeándolo por que se venia retorciendo del estómago. Y más grave se puso cuando me vio, no podía levantarse, ni pensar en la infidelidad de su tan preciada esposa y agarrarme a palazos ni dejaría que me agarraran los soldados por que no era un cobarde, sólo que su habitual gloria había sido mía desde unas horas antes en su lecho, hasta que salí de la casa. Los soldados me rodearon y me llevaron; móntate cabroncito nos vamos pa´l cuartel, sabían que sin habérselo propuesto tenían al más grande enemigo del coronel en sus manos. También sabían cual era mi destino. Mientras unos me llevaban al cuartel otros; los más veloces iban a traer el doctor del pueblo, el coronel no podía más que gemir del dolor de su estómago, no podía ni apartar a su esposa ni detenerse a vivir la situación de infidelidad, ni le importaba que toda su caballería se haya dado cuenta de todo. Su batalla se encontraba en sus adentros en esta ocasión y sin la oportunidad de rendición. Mientras me llevaban al cuartel los soldados solo me echaban miradas, no se atrevían a hablar de la situación por que el coronel era de esos pocos hombres que sí se merecen respeto. Solo la enfermedad no respetaba su honorabilidad.
Algunas veces a Sofía le decía la señora Sofía, y nunca nos referíamos a él de otra forma más que; el coronel, el coronel no estará la próxima semana… Me hubiera gustado que el coronel hubiese conocido a más mujeres, por que no le vendría mal un poco de creatividad en el lecho… Me decía a veces, lo cual metía a Sofía en un dilema pues tenia que comportarse con el coronel como siempre, cualquier comportamiento distinto en la cama la delataría. A mi me daba la impresión de que amaba a dos Sofías; una que no era la que él coronel conocía; traviesa, criticona, seductora y a otra; la dama, la del apellido extraño, la Señora Sofía, era algo que solo yo sabía, no era un triunfo sino un trofeo para mí, un trofeo invisible. Mientras íbamos al cuartel y el coronel era revolcado por los retorcijones me acordaba de cómo la conocí. Por azares del destino sabía leer y escribir, y a veces hacía servicios a domicilio como escribir los nombres de la familia: Fulgencio Aguilar nació el 18 de octubre de 1848 en Santo Domingo o hacer una carta entre el papá de Fulgencio y don Eleuterio en donde dijera que prometían no agarrarse a balazos por lo de la cosecha del 45. En una de esas fui a la casa del coronel por que él no podía dedicarse a los asuntos de sus soldados, él siempre impecable con su traje, su esposa no me permitía hacerme el ciego, me parecía como una de las mujeres pintadas en las iglesias. Empecé a ir seguido a su casa para llevar algunos asuntos. Deberías sentirte dichoso de saber leer y escribir sin pertenecer a una clase más alta me dijo Sofía y le pregunte ¿Por qué debería sentirme dichoso señora? Me dijo; por que con las palabras se puede jugar... y así jugando a las palabras unas cuantas veces terminamos aprovechando las batallas del coronel librando las nuestras.
Llegando al cuartel dijeron ¿Dónde meteremos a éste? ¿Lo meteremos al calabozo o a la celda de madera? El coronel le gusta pasarse pero con los pendejos éste cabrón si se pasó de la raya ya ves con el traidor que también se había pasado de listo en otras cosas claro; lo mantuvo en la celda hasta “el día”. Yo creo que lo metemos a la celda de madera al rufián. La celda era muy bonita para ser una celda. Tenía una ventanita que dejaba ver el cielo, la luz sobre los muros daba una sensación de estar soñando. Era seguro que de los soldados no iba a salir nada de lo sucedido, no por que le tuvieran miedo sino por respeto y de seguro todos estarían dispuestos a disparar pero le dejarían al coronel limpiar su honor.
Cuando llegó el doctor, Sofía le estaba sobando la panza con toda una variedad de menjurjes, el coronel estaba ya más calmado recostado como un niño, solo estaba con él Sofía. Llegó el doctor y le dio de inicio un calmante y un somnífero por que por principio no soportaba ver a alguien como el coronel en tal aspecto de fragilidad. Enseguida sacó sus frascos, sobó de distinta forma, dejó una serie de indicaciones que habría que seguir, espero a ver que el cuerpo del coronel empezara a armonizarse, platicó un rato con Sofía desconociendo completamente la situación. El coronel va a estar bien mi muy estimada señora le mandaré a una cocinera en estos días para que le de la dieta adecuada, está enfermo por que en las batallas malcomen y son puros hombres saben de armas pero poco saben de cocina.
Mis días de agonía dependen de los días de recuperación del coronel, no sé que haya pasado con Sofía, lo más seguro es que la Sofía que sólo yo llegue a conocer muera conmigo. Para encontrar a una señora como Sofía hay que recorrer muchos kilómetros de aquí. En el cuartel me tratan como un fantasma, alguien que ya está muerto y como me ven más cerca de los muertos pues no son desalmados conmigo y por lo que estoy aquí podría hasta hacérseles un héroe. Los soldados a veces quisieran preguntarme, les perece increíble que una dama se haya relacionado con alguien como yo, que en parte soy como ellos, más no preguntan nada, sería también traicionar al coronel.
Uno jamás atina a la forma en que moriremos, jamás me habría imaginado que jugar con las palabras me llevaría a Sofía y que jugar con ella me llevaría a la muerte, más haberla besado como nos besábamos, haberle visto su rostro de princesa excitada eran los avisos de la muerte, y creo que he sido afortunado; no moriré por un descuido en los peñascos ni por una bala perdida, ni por una peste sorpresiva moriré, me matarán por que mi existencia es un pesar para otros.
Tres días de estar en la celda fueron los necesarios para que el coronel recuperara su vitalidad, me sentía como flotando en el tiempo. Al cuarto día llegó al cuartel con su rifle inglés Brown Bess enviado directamente por el jefe de armas de la nación por motivo de su primera década de triunfos. Me despedí de la celda como despidiéndome de mi espíritu dejándolo allí, los soldados me llevaron sigilosamente al pabellón de fusilamiento. Al principio no tenia miedo a la muerte hasta distinguir el cañón de la Brown Bess de frente, un escalofrío se apodero de mi cuerpo. El coronel hombre tenaz y de grandes estrategias se anticipó, era obvio cual sería mi último deseo; ver a Sofía, la vi asomándose tras el cuartel. En ese momento dejó de ser imponente el cañón. Entre la escopeta como mascara del coronel y el rostro de Sofía, sentía olas de sentimientos que inundaban mi cuerpo, me daba la sensación de comprender todo y en todos los tiempos, tenía el coraje de ir con la frente en alto y sereno hacía la muerte.
Después del primer disparo se escuchó la resonancia de la bala batiendo su pecho, al segundo disparo la señora Sofía soltó un suspiro, al tercero el coronel retomó su respiración. Todo pasó en 46 segundos. Después el cuerpo se recargó en la pared cayendo lentamente al piso. Nunca habíamos visto a nadie con mejor tino que al coronel, los tres disparos dieron exactamente en el pecho ahí donde debería estar el corazón solo quedó un hueco, todo había quedado salpicado en la pared. El coronel jamás volvió a dormir tranquilo, murió de una úlcera a una edad avanzada después de la señora Sofía, recostado en su cama sin testigos y sin perder la memoria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario